FIRMAS: Federico Jiménez Losantos, Luis María Anson, Raúl del Pozo, Erasmo, David Gistau, Fernando Sanchez Drago, Javier Gómez de Liaño, Erasmo

COMENTARIOS LIBERALES
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS
La tumba búlgara
Ayer, Regina Otaola abría su blog en Libertad Digital con esta pregunta: «¿Qué está pasando en nuestro partido para que personas de la talla de Eduardo Zaplana, Angel Acebes y ahora María San Gil se planten, cada uno a su manera, pero se planten? Un partido como el PP no puede ningunear y llevar al ostracismo a personas tan valiosas, porque gracias a ellas, repito, gracias a ellas, el PP ha llegado adonde ha llegado». La respuesta la daba la heroica alcaldesa de Lizarza desde el párrafo siguiente: «Hasta hoy en día, el PP tenía un proyecto que partía de la idea de que España es una nación, no una nación de naciones, no. Una nación conformada por 17 comunidades autónomas». «Hasta hoy, el PP tenía un proyecto basado en principios y valores, en el cual el derecho a la vida y a la libertad no se supeditaban al logro del poder, sino al contrario.» (...) «Creo que el servicio pasa porque los políticos tengamos ética y defendamos aquello en lo que creemos aunque algunos ciudadanos no nos comprendan. La cuestión es buscar la forma más adecuada de hacerles ver sin necesidad de engañarles».
Y tras recordar la condición insaciable de los nacionalismos que miran a otro lado cuando ETA «amenaza, chantajea o asesina» y los muertos que el PP del País Vasco ha dejado en la lucha contra el nacionalismo, concluye: «por todo ello, apoyo la decisión de mi presidenta María San Gil y comparto la pena y la tristeza que esa decisión conlleva, porque viene a decir que no estamos de acuerdo con un proyecto político que sólo apuesta por ganar al igual que hace Zapatero.
Decir en cada comunidad lo que convenga. Es decir: mirarse el ombligo, cada cual el suyo, para, según creen, ganar unas elecciones. Esta nación que ha sido y es España merece que apostemos por ella, sin complejos, con la cabeza bien alta, y con el objetivo de que los españoles vivamos en nuestra tierra sin que nadie nos ponga la X de apestados. España merece la pena, y yo seguiré apostando por ella y por lo que María San Gil representa».
¡Qué diferencia entre este discurso y el de esas que, con Miguel Hernández, podríamos llamar 17 diminutas ferocidades, o sea, 117 con la de Gallardón! ¿Cabe conciliar tanta dignidad con tanta claudicación?
Evidentemente, no. La gente que como Regina o María se juega la vida por España no se dejará enterrar en una tumba búlgara, aunque la tumba sea una falla valenciana con derecho a mascletá. Faltan 40 días y 40 noches para que Rajoy, con sus 17 o 117 diminutas ferocidades entierre al PP nacional español. Y ni siquiera podremos creer que Mariano acierta si ahora rectifica. Será para engañarnos mejor.
CANELA FINALUIS MARIA ANSON
Rato, presidente; Aguirre, vicepresidenta
La fuga de María San Gil no la mejora el Induráin de la época dorada del Tour francés. La presidenta del Partido Popular vasco ha dejado por sorpresa con diez palmos de narices a Mariano Rajoy. Soraya ha tenido que quemar dosis especiales de incienso para que el líder popular no se le venga abajo en su propósito de seguir sacrificándose por la patria desde su poltrona genovita.
El PP es ya un rosario que se desgrana, una caravana interminable de adioses, un episodio nacional para la pluma de Galdós redivivo. Durante todo el fin de semana y ayer, lunes, he almorzado, cenado y hasta desayunado con dirigentes del Partido Popular, alguno de ellos de especial relieve. Nadie quiere que Rajoy siga. Se barajan media docena de nombres, pesos pesados algunos, recentales otros. El PP es ya una larga serpiente que se desliza entre incesantes rumores.
De la maraña de opiniones, comentarios, acusaciones, invectivas y dislates he sacado una conclusión: el candidato más probable a la presidencia del Gobierno por el PP es Rodrigo Rato, con una adenda, Esperanza Aguirre en la vicepresidencia, tal y como deslizaba yo en la carta pública que dirigí a Angel Acebes anteayer, domingo en EL MUNDO.
Rato no ha movido un dedo, salvo para decir que no. No lo moverá hasta que el clamor de los populares se lo pida. Su cálculo no puede ser más diáfano. Llegarán las europeas: perderá Rajoy. Llegarán las catalanas: perderá Rajoy. Llegarán las vascas: perderá Rajoy. Llegarán, ay, las gallegas: también perderá Rajoy. Ni Soraya será capaz de convertir en gloriosas tantas derrotas. Y el partido clamará por la sustitución. Gallardón, Zaplana, Aguirre, Camps, Mayor Oreja, se barajarán para sustituir a Mariano en Génova.
Y entonces, sólo entonces, moverá ficha Rodrigo Rato, el zorro asturiano de largo olfato político. Vendrá, verá y vencerá como un César de pitiminí. Y como su instinto político nunca le ha fallado, anunciará tal vez que su vicepresidenta será una mujer: Esperanza Aguirre. El tándem no lo tendrá fácil. Zapatero y María Teresa están muy consolidados. Pero Rodrigo cuenta con una situación económica que afecte al bolsillo y al nivel de vida de un número elevado de españoles. Plantará cara y tiene no pocas probabilidades de ganar al presidente de los despropósitos, el del proceso de rendición ante Eta, el del acoso a la Iglesia Católica, el removedor de las tumbas de la memoria histórica, el alentador del Estatuto catalán para aislar al PP, aun a costa de fragilizar a España.
Hay Rodrigo para rato, escribí en una canela fina cuando el político se dedicó a navegar por los mares de la economía mundial. Ha hecho una higa ya al Fondo Monetario Internacional. Ha regresado en el momento oportuno. Se dejará querer hasta que Rajoy pierda las gallegas. Y aunque en política nunca se puede vaticinar nada porque todo es fluido y cambiante, dará entonces el paso adelante. Sí, así es, hay Rodrigo para rato.
Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española.
EL RUIDO DE LA CALLERAUL DEL POZO
El Rey y ZP
Alfredo Pérez Rubalcaba, la inteligencia vigilante del Estado, ha comentado que a Juan Carlos I le cogieron con la guardia baja cuando dijo que ZP es íntegro, honesto y no divaga. «Las palabras del Rey fueron inapropiadas aunque aquí todo el mundo tiene derecho a tener la guardia baja». Lo que le ha ocurrido al Rey es lo mismo que me ocurrió a mí con ZP, antes de saber que el presidente es hipnólogo y algo parapsicólogo: te mira con esos ojos de prestidigitador y te reduce a un estado letárgico; terminas aceptando, como reales, sus fantasías, hasta el punto de que yo le hubiera votado si no hubiera descubierto a tiempo, y así lo declaré a Libération, que es un Robespierre sonriente.
El Rey es un buen árbitro en bermudas. Sólo permite que le saluden con ese cómico medio arrodillamiento en las recepciones; parece que en las cacerías lo tratan como al Rey Sol, y le dispensan toda suerte de envaramientos. He estado un par de veces con él y he incumplido los requisitos de la etiqueta severa. Empiezo a decirle Majestad y casi acabo llamándole tío, porque es muy tratable. Me aconsejaron una vez que fui a la Zarzuela que al Rey no hay que preguntarle nada y acabé interesándome por el culo de Lady Di, a la que acababa de ver en biquini durante las vacaciones en Palma. Yo creo que el Rey es condescendiente porque lo ha pasado tan mal como los españoles de su generación. Franco vigilaba hasta su cuenta de teléfono.
Aquí lo de «Delenda est monarchia» no cotiza. Los jacobinos están en el PP; apenas quedan intelectuales al servicio de la República. A los intelectuales les dan premios en palacio, los visten de pingüinos y los ponen ciegos de whisky. Los políticos saben que no hay, de momento, otra alternativa que la monarquía. Es verdad que Don Juan Carlos mataba a abrazos a Felipe González y a Aznar le llamaba enano, en privado; comprendo que sea molesto habitar en un país monárquico, católico y centrista si se es republicano, ateo y de izquierdas, pero eso es lo que hay, un gobierno de centroizquierda, un monarca que caza bisontes y una conferencia episcopal que hace manifestaciones en vez de congresos eucarísticos.
Claro que el Rey no puede equivocarse con el pito; me refiero al silbato porque ese monarca campechano y constitucional está libre de toda responsabilidad, no de toda sospecha. El Monarca, ese lujo nórdico, oficio vitalicio, hereditario, ha sido durante 30 años el relaciones públicas de ese quilombo esplendoroso que es España; nunca se ha escorado a un lado de la refriega. La izquierda se hizo juancarlista la noche que Juan Carlos se vistió de centurión; ahora hasta los banqueros son socialistas. Pero al Rey hay que despertarlo de la hipnosis. Necesita una terapia para liberarse de la omnipotencia de la mirada de ZP. Si no, un día puede despabilar en Cartagena.
ERASMOIbarretxe
Qué pereza. Pervivencia, misterio del gamusino, Spock autista y estreñido. Su hoja de ruta: referendum, marciano derecho a decidir, etecé. Su hoja de servicios: monserga etnicista, filorracista, reaccionaria, fraudulenta. Dolicocéfala historia de cráneos y errehaches. Disimulan: ruedas de Prensa con Severo Moto. Y Zapatero: se dedican a «dar la murga». (Chapeau). Cambio de lema: Dios, patria y murgas viejas.
AL ABORDAJE
DAVID GISTAU
El polígamo
Pues a uno quien le da pena es el tipo de la túnica, el socio de la empaquetadora de chufas. Porque, con un orgullo comparable al de López Vázquez haciendo de padrino franquista, no quiso sino presumir de una familia que, de acuerdo a los parámetros de su cultura, es tan tradicional como ésas que pululan los domingos por el barrio de Salamanca, vestidas las niñas con rebequitas tirolesas y perfumados los niños con agua de colonia Alvarez Gómez. Un ciudadano ejemplar, un opusino de Níger que no tiene por qué comprender el desprecio de una visitante occidental que, convencida de la superioridad de sus propios valores como sólo lo estaban los racistas coloniales y los salvadores de almas, se declara «horrorizada» por la vida que lleva. En cuanto sale de lo que Ignacio Camacho llamaba ayer sus «frágiles coordenadas geográficas», el fundamentalismo progresista descubre cuán ardua es todavía la misión del evangelizador, y cómo dificultan el abrazo universal entre civilizaciones esos salvajes que son machistas sin saberlo y no se dejan ahormar porque no les ha alcanzado la palabra igualitaria.
El espanto de Fernández de la Vega ante la versión nigerina de ¿La familia? Bien, gracias es el típico de la conciencia narcisista que, no pudiendo adaptar su pensamiento al mundo, pretende que sea el mundo el que se adapte a su pensamiento. Ni siquiera estamos ya ante esa izquierda rococó a la que retrató Tom Wolfe invitando a canapés a los panteras negras para disfrutar del exotismo, sino ante una a la que el complejo de superioridad vuelve intransigente. Así, y para poder simpatizar con él, el progre exige al negro que lo sea sólo hasta cierto punto, un poco como aquel personaje que encarnaba Sidney Poitier en Adivina quién viene a cenar esta noche: a un viejo liberal, Spencer Tracy, el novio negro elegido por su hija le ponía a prueba todas las creencias. Pero el examen no lo era tanto, porque Poitier era un yerno ideal con titulación de médico y opiniones igual de liberales, y no un nigerino con túnica que fuera a incorporar a la favorita de la casa a un matrimonio poligámico.
Semejante contradicción es la de la conciencia progresista que, cuando habla del abrazo de civilizaciones, se refiere a abrazar salvajes homologados como Sidney Poitier, y no a esos otros que, como el socio de la empaquetadora de chufas, aún tienen pendientes todas las asignaturas de Educación para la Ciudadanía y escandalizan con su propia forma de vida incluso cuando no someten a la vicepresidenta a pruebas tan duras como retratarse en una ablación de clítoris o en la lapidación de una adúltera. Desafiada en sus creencias de andar por casa, Fernández de la Vega al menos ha hecho el mismo descubrimiento etnocéntrico que Belmonte cuando le recomendaron pernoctar en La Coruña para aplazar el largo viaje hasta Sevilla: «España está donde tiene que estar. Lo que está lejos es Níger».
TRIBUNA LIBRE
JAVIER GOMEZ DE LIAÑO
Apología de la igualdad
Soy consciente de que cavilar sobre la igualdad del hombre y de la mujer suele ser tarea arriesgada y con escasas compensaciones . Aún así, hoy quiero aplicarme al asunto, comenzando por la decisión de nuestro presidente del Gobierno de sentar a nueve mujeres a la mesa del Consejo de Ministros. De ellas, una, en estado de buena esperanza, se ha hecho cargo de la cartera de Defensa y, como remate, ha creado un nuevo Ministerio, el de la Igualdad, con el fin, al parecer, de asegurar, en todos los ámbitos, la simetría absoluta entre la mujer y el hombre.
Y ahora el turno de preguntas, ninguna ingenua. ¿Cuáles pudieran ser las motivaciones de esas decisiones? ¿Por qué nombrar un Gobierno de más mujeres que hombres? ¿A qué conduce esta obsesión permanente por la paridad? ¿Se quiere acceder, de verdad, a la igualdad? ¿Se trata, por el contrario, de engatusar con la mera ilusión de la igualdad que puede acabar desilusionando? ¿No será, como dice Casimiro García-Abadillo, una operación de imagen muy propia de la concepción que su autor tiene de la política?
Aunque ignore la correspondiente tanda de respuestas, declaro que estoy en contra de aplaudir iniciativas como las que ha dado a luz el presidente del Gobierno. Llevo varios años, tantos como 30, interrogándome sobre la mujer y sus circunstancias y, a falta de espacio para mayores explicaciones, digo que el artículo 14 de nuestra Constitución -lo mismo que el lema de Libertad, Igualdad y Fraternidad, triple grito de la Revolución Francesa-, por tópico que parezca, proclama un derecho inequívoco y generalizado en todas las democracias capaces de airear ese nombre con orgullo. Me opongo, pues, a que las mujeres tengan que ser, por decreto, exactamente igual que los hombres y lo mismo pensaría si fuera al revés. Me consta que la política tiene algo de representación y que sus oficiantes tienen otro tanto de actores, pero la diferencia entre un político auténtico y otro no más que figurante está en que el primero vive el drama, mientras que el segundo se queda en la farsa que los apuntadores de turno le susurran al oído. Quizá no sea necesario aclarar que uno de los peores y más descabellados afanes de aventura es el de querer gobernar un país orientándose por el espejo. Esto no es afirmación gratuita, sino constatación empírica.
Sé ya, como sabemos todos los españoles, el nombre de la nueva ministra de Defensa. Lo importante, a mi modo de ver, es la sintomatología de la designación. A la señora Chacón habrá que juzgarla no por lo que es sino por lo que haga. Cuando fue elegida, nadie apostaba un duro por ella, pero la ministra de la guerra -y de la paz- se ha destapado como una política eficaz y, capeando el temporal con buen tiento, está demostrando que es mujer conocedora de las difíciles artes de navegar en las aguas revueltas y aun contaminadas de la política. No volteemos las campanas, porque es mucho el camino que ha de recorrer, pero, como español y porque tampoco me duelen prendas, digo que los viajes de la ministra a Afganistán, al Líbano y a Bosnia para visitar a las tropas y hacerlo en muy avanzado estado de gestación es un paso que bien merece ser señalado con trazo grueso. Démosla, por tanto, -al igual que al resto de las ministras y de los ministros- un margen de confianza, al tiempo que los ciudadanos nos damos, con generosa fe, un margen de esperanza.
Una vez sentado lo anterior dicho, y supongo que sobre mi elemental y diáfano pensamiento no deben caber dudas mayores, quisiera glosar una noticia que me llena de estupor. Me refiero al incremento galopante de la violencia contra la mujer, contra las mujeres. Se han tomado medidas, pero no las suficientes. ¿Qué está pasando? Yo no lo sé muy bien y creo que, conmigo, hay mucha gente que lo desconoce. Lo que sí parece es que la sociedad se inhibe porque no sabe lo que hacer y los jueces hacen lo que la ley dice que hagan y van tirando como pueden, que no siempre es lo que los contribuyentes quieren. Como hace días apuntaba el juez López-Palop, a quien no tengo el gusto de conocer pero sí el sentimiento de admirar, la cosa tiene difícil solución. No se me ocurren fórmulas mágicas, pero entiendo que la mal llamada violencia doméstica es una herida que deja una cicatriz siempre abierta. En la violencia contra la mujer siempre hay una inmensa represión masculina. Recuerdo a Umbral decir que se pega a una mujer porque no se puede pegar al jefe, al amigo, al enemigo. La gente ha perdido el respeto a la convivencia y a la justicia, esas dos nociones que deben funcionar acordes y ensambladas. Digo yo si acaso la violencia endógena del ser humano no tiene otro remedio que la cultura, lo cual quiere decir que la violencia ha aumentado entre nosotros al tiempo que la cultura ha disminuido.
La pregunta la formulaba el director de EL MUNDO en su carta del domingo 27 de abril 2008: «¿Me puede explicar el señor presidente del Gobierno, o alguien en su nombre, cómo se entiende que el recién creado Ministerio de la Igualdad tenga entre sus prioridades y tareas velar por la aplicación de una Ley como la de la Violencia Doméstica que consagra la des igualdad penal en los términos absurdos que está a punto de validar la mayoría gubernamental del Tribunal Constitucional, según los cuales la agresión del hombre a la mujer se castiga con seis meses de cárcel y la de la mujer al hombre con tres?
Mi estimado Pedro J.: con 100 asesores cuenta el señor presidente del Gobierno y 12 doctos magistrados tiene la sacrosanta y no tan santa Justicia en el Tribunal Constitucional. Recibe, pues, esta opinión que sigue como un breve y modesto parecer que gustosamente someto a cualquier otro más fundado que el mío, empezando por el que Enrique Gimbernat nos ofreció aquí, cuando la Ley Integral de Violencia de Género no era más que un embrión. En su Tribuna Libre del 10 de julio de 2004, el maestro afirmaba que la criminalización o, en su caso, el endurecimiento de las sanciones cuando el comportamiento está ya previamente tipificado, sólo puede defenderse desde un fundamentalismo que nos retorna al autoritario «Derecho penal de autor» frente al «Derecho penal de hecho» democrático. He aquí la clave.
Cuentan las crónicas judiciales que la respuesta que el Tribunal Constitucional tiene preparada a las ciento ochenta y tantas cuestiones de inconstitucionalidad planteadas por otros tantos jueces es a favor de la constitucionalidad de la ley, al considerar que el desvalor de la conducta del maltratador es más reprobable y más frecuente que la de la maltratadora. Además, parece que se va a argumentar que por delante del artículo 14 de la Constitución, que consagra la igualdad sin distingos, está el 9.2, que obliga a remover los obstáculos que dificulten la igualdad real.
Tengo para mí que la raíz del error de esa tutela penal reforzada de la mujer -que algunos llaman de «acción positiva»- a base de tipos delictivos que la protegen de modo más intenso frente a ciertos actos de violencia de sus parejas, descansa en situar a la mujer en posición subordinada respecto de su pareja masculina. El principio de igualdad entre los españoles puede vulnerarse por defecto como por exceso. En función del sexo, de la religión, del nacimiento, del aspecto físico, de la raza, o de cualquier otra singularidad semejante, todas las diferencias que se intenten arbitrar para compensar desequilibrios históricos merecen ser tachadas de contrarias a la Constitución y, en consecuencia, inadmisibles. Admitir las diferencias no permite esquivar los des atinos.
Es indudable que la igualdad del hombre y de la mujer es una de las más altas empresas capaces de definir el nuevo mundo que amanece. Hoy las notables figuras del liderazgo femenino de principios del siglo pasado se quedarían de piedra al ver lo que se ha logrado en ese campo, pese a la presencia de algunas feministas dispuestas a hacer pagar a los demás el alto precio de sus propios infortunios.
La mujer se ha ido liberando a medida que el hombre hacía lo propio y me parece importante que las mujeres no se obstinen en la cabezonería de querer tener toda la razón, piedra con la que, desde la historia de los tiempos, tropezaron los hombres. Somos mayoría los que así pensamos. Pero los juristas decimos que la razón hay que tenerla, después hay que saber pedirla y al final sus señorías los jueces nos la tienen que dar. Sin subir estos tres peldaños, de poco o nada habrá de servir el pleito. Ojo con determinadas tesis radicales, como aquella que patrocinaba la exaltada Valerie Solanas en el Manifiesto por el exterminio del hombre. En la actual y fascinante situación en que España se encuentra, a mí me aterran los niveles de estupidez -con perdón- de algunos políticos empeñados en abrir los ojos a las mujeres cuando ellas solas descubren y nos descubren el mundo cada mañana. Como diría el poeta, el hombre y la mujer triunfan o sucumben juntos.
Javier Gómez de Liaño es abogado y magistrado excedente.
EL LOBO FEROZFERNANDO SANCHEZ DRAGO
¡Vive la France!
Café olé: eso es lo que me trajeron el otro día cuando pedí un café au lait minutos antes de entrar en Las Arenas de Nimes. España me rodeaba. ¿España? Sí, pero ¿cuál?, porque hay muchas. ¡Pues cuál iba a ser! La de siempre, la eterna, la castiza (lo dice un ilustrado), la de charanga y pandereta (sin desdoro), la de Hemingway y Merimée, la que tanto gusta a los franceses y tanto disgusta a los afrancesados de 2008, a los progres, a los catalanistas y a Manolo Vicent. Este pone todos los años, al llegar la isidrada, un huevo de serpiente antitaurina en su columna de El País. Y que no falte, me digo siempre cuando empieza mayo, porque el huevo de Manolo es a la Fiesta lo que la mona a la Pascua: señal de que no decae. Andaba ya preocupado. Pero no: Manolo acudió alegre, una vez más, a la muleta de san Isidro y, como la gallina papanatas, puso su huevo en la cesta de costumbre. Fue hace dos domingos. Decía el columnista que los aficionados somos jubilatas del Imserso y que a los zerolitos y chaconitas de la España faldicorta de Zapatero les pone más un derrape de Alonso que una chicuelina de Cayetano o un enceste de Gasol que una verónica de Ponce. ¿Hay que elegir? ¿Son lentejas? Aquí, en Nimes, querría yo verte, mascarita. Seguro que cambiabas de opinión, pues lo contrario sería indicio de insensibilidad rayana en rigor mortis. ¿De verdad te gustaría que los toros bravos muriesen en el matadero? Delito de vejación y tortura sería eso. ¡Si hubieras visto el de la ganadería de El Pilar que el sábado dio la vuelta al ruedo aclamado por quince mil personas puestas en pie! Acuérdate de Rilke, permite que los toros mueran de su propia muerte, con estocada de rosa, y mide, Manolo, tus palabras, no vaya a ser que los del Proyecto Simio y sus gorilas te nombren persona non grata. En Las Arenas de Nimes, levantadas por Octavio Augusto para celebrar naumaquias, desagua, cuando hay corrida, el Mare Nostrum que hiciste tuyo en la novela Son de mar, otra naumaquia, y hacen el paseíllo Aquiles, Hércules, Van Gogh -que a dos pasos de aquí cortó una oreja-, Picasso, Lawrence Durrell y Jorge Semprún. Junto a él, mi viejo amigo Federico Sánchez, vi el jueves la corrida en la que El Juli y Sebastián Castella volaron, como Icaro, hacia el sol. No hay en España feria más española que la de Nimes: toros de verdad y toreros de cartel, sangría, paella, churros, chorizo, pasodobles, Bizet, sevillanas, botas y botijos. Cuanto huyó permanece y dura. No te desmayes, Manolo, no eches espumarajos por la pluma. Y todo eso dirigido y orquestado por un escritor, Simón Casas, marxista de Sarkozy y judío de Sefarad, que concibe la Feria como si fuese el Festival de Teatro de la cercana Avignon. Cada corrida, una obra; cada toro, un acto; cada lance, una escena: cada torero, Sir Lawrence Olivier. Las Arenas son Epidauro, el Globe, el Royal Shakespeare, la Scala, el Corral de Almagro... Ven por aquí en septiembre, Manolo. Seguro que Simón te invita. Decir en Nimes, cuando hay feria, ¡Vive la France! es gritar ¡Viva España!
Etiquetas: Firmas





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